Con el inicio de un nuevo ciclo lectivo, las escuelas vuelven a llenarse de estudiantes, docentes y familias que retoman la rutina escolar luego del receso. La vuelta a clases no solo implica reorganizar horarios, comprar útiles y adaptar nuevamente los hábitos cotidianos, sino que también reabre un tema fundamental para el desarrollo integral de niños y niñas: la alimentación saludable.
Diversos especialistas en salud coinciden en que una nutrición adecuada durante la infancia impacta de manera directa en el rendimiento escolar, la capacidad de concentración, el crecimiento físico y el fortalecimiento del sistema inmunológico. En este contexto, la nutricionista María López subrayó que “los primeros años de vida son determinantes para la formación de hábitos alimentarios que acompañarán a las personas durante toda su vida”.
Según explicó, muchos problemas de cansancio, falta de atención en el aula e incluso algunas dificultades de aprendizaje pueden estar relacionados con desayunos incompletos o meriendas basadas en productos con alto contenido de azúcar y bajo valor nutricional.
La importancia de una merienda equilibrada
La especialista remarcó que una merienda saludable no requiere grandes gastos ni preparaciones complejas. Frutas frescas, pan integral con queso o huevo, yogur natural, avena y frutos secos en pequeñas cantidades constituyen alternativas accesibles y nutritivas.
“Es fundamental reducir el consumo de gaseosas, golosinas y snacks industriales que aportan calorías vacías y generan picos de azúcar que luego se traducen en cansancio y dificultad para concentrarse”.
Nutricionista, María López
Asimismo, recomendó involucrar a los niños en la preparación de sus viandas escolares como una forma de educación alimentaria, permitiéndoles elegir opciones saludables y comprender la importancia de una dieta equilibrada.
Merenderos comunitarios: contención y educación nutricional
En los barrios más vulnerables, los merenderos comunitarios cumplen un papel clave no solo como espacios de asistencia alimentaria, sino también como centros de contención social y aprendizaje. En muchos de estos lugares, voluntarios y organizaciones sociales trabajan para ofrecer meriendas más saludables, incorporando frutas, pan casero, leche, infusiones sin azúcar y preparaciones naturales.
Ana Rodríguez, voluntaria de uno de estos espacios barriales, explicó que el objetivo va más allá de saciar el hambre. “Buscamos que los chicos reciban alimentos que los ayuden a crecer sanos, pero también enseñamos a las familias cómo preparar comidas simples y nutritivas en sus casas”.
Algunos merenderos incluso organizan talleres de cocina saludable, charlas con nutricionistas y actividades educativas donde se abordan temas como higiene alimentaria, consumo de agua y lectura de etiquetas de productos.
Un trabajo conjunto entre escuela, familia y comunidad
Docentes y directivos escolares también reconocen la relación directa entre una buena alimentación y el desempeño académico. En varias instituciones se están implementando proyectos de huertas escolares, jornadas de concientización y menús más equilibrados en comedores educativos.
“La educación alimentaria debe ser una política sostenida en el tiempo. No alcanza con una charla aislada; se necesita un trabajo articulado entre la escuela, las familias y las organizaciones sociales”, señalaron desde una institución educativa local.
Especialistas advierten que los índices de malnutrición infantil presentan una doble problemática, por un lado, la falta de acceso a alimentos básicos y, por otro, el consumo excesivo de productos ultraprocesados. Ambas situaciones afectan la salud y requieren estrategias integrales.
Alimentar para educar y construir futuro
La vuelta a clases se convierte así en una oportunidad para reforzar el compromiso social con la infancia. Garantizar una alimentación adecuada no solo mejora el presente de los niños y niñas, sino que también impacta en sus posibilidades futuras de aprendizaje, desarrollo y bienestar.
El trabajo silencioso de nutricionistas, merenderos comunitarios, docentes y familias demuestra que, con organización y conciencia, es posible generar cambios positivos incluso en contextos de dificultad económica.
Promover hábitos saludables desde temprana edad es, en definitiva, una inversión en educación, salud y equidad social.

